viernes, 30 de enero de 2009

1 - Ser guay es guay

Este es el capítulo primero de la serie que me lanzará a la fama. Aquí el Índice completo de la misma.

Lo primero, para los que no conozcan la palabra, la definición de la Real Academia de la Lengua Española.

guay:
1. adj. coloq. Esp. Muy bueno, estupendo.
2. adv. m. coloq. Esp. Muy bien.

Hay mucha gente que siente envidia de la gente guay. Algunos dicen “jo, me encantaría ser tan guay como Leonardo Dantés o Brad Pitt, siempre ligando y tal”. Otros dicen “tío, ser guay molaría mucho más que ser un pringao como somos nosotros, ¿no?”. Yo hace unos años pertenecía a ese gran grupo de pringadillos que envidian a la gente guay. Sin embargo, un día me miré al espejo y me dije a mí mismo gritándome como solo un afilador sabe hacerlo: ¡TÚ TAMBIÉN PUEDES SER GUAY, mequetrefe!

Tengo muchos defectos, probablemente incluso más que alguien que no tiene ninguno, pero lo cierto es que también tengo una gran virtud: mi cabezonería extrema. Yo diría que es incluso mi mayor virtud. Sí, es mi mayor virtud. No pocas veces la gente ha intentado convencerme de que ser cabezón es más bien un defecto, pero nadie hasta ahora lo ha conseguido. Incluso muchas de esas personas han acabado llorando pidiendo compasión debido a la charla que les he dado sobre las ventajas de ser cabezón. Puede que en realidad únicamente tenga una o dos razones para defender mi teoría, no lo niego, pero simplemente me las apaño para repetirlas hasta hartar a mi interlocutor.

Es precisamente debido a esa cabezonería extrema por lo que, cuando me dije TÚ TAMBIÉN PUEDES SER GUAY, me propuse no ceder en mi empeño hasta que supiese que había conseguido serlo.

Estaba claro que para lograr mi objetivo debería renunciar a mi intelecto y acentuar mi escasa superficialidad, para lo que a su vez sería necesario dejar de pensar tanto y actuar más, así que me concedí un último segundo de lucidez antes de sumergirme en las sombras del estilismo y la moda y anoté los puntos clave de mi transformación:

1 – Cancelar mi suscripción a “el maravilloso mundo de las mariposas”. Me costaría sangre, sudor y lágrimas después de más de tres años abonado, pero era más que evidente que ser un friqui de las mariposas no era muy “cool”.

2 – Cambiar de corte de pelo. Mi estilo consistía básicamente en cortarme el pelo cuando empezaba a tener problemas para escuchar a una persona que me hablase a dos metros de distancia. Esto debería cambiar de forma radical: había visto en un reportaje cómo a un tío guay le conocía su peluquero por el nombre de pila y se sabía toda su vida, lo que quería decir que el personaje ese iba por lo menos una vez al mes a retocarse el peinado. Seguramente sería necesario aplicar algún color llamativo a mi flequillo, pero eso se lo dejaría a mi nuevo peluquero de confianza.

3 – Visitar un gimnasio para algo más que para repartir propaganda. Al menos hasta un determinado límite que se encuentra por encima de los niveles de Arnold Schwarzenegger, resulta que cuanto más músculos tengas más guay eres, así que tocaría sudar un poco las camisetas regaladas de Zumosol dándole a las pesas y a la bicicleta estática.

4 – Nada de libros. Los tíos guays nunca se dejan ver cultivando el intelecto. Leer es aburrido y, sobre todo, barato. Lo que mola es escuchar música con unos cascos a ser posible bastante más grandes que tus orejas y con un reproductor guapo, guapo. Sería necesario ajenciarme los útiles necesarios, además de algún disco de moda.

5 – Cuidar el vocabulario. Debería utilizar expresiones actuales, decir tacos de vez en cuando y nunca jamás decir algo que alguien guay no pudiera entender. Palabras como "compensación", "redundancia" o "preservativo" deberían ser cosa del pasado.

6 – Vestir "bien". Ese "bien" no significaría ropa en buenas condiciones o de calidad, sino simplemente ropa a la moda. Iba a ser necesario conocer las marcas del momento y vestir con cosas medio rotas, pero no olvidando que esas tendencias podrían cambiar en cualquier momento obligándome a seguir a rajatabla el punto siguiente.

7 – Interesarme por la moda. Esto implicaría ojear revistas fashion, ir de compras sin comprar nada (simplemente mirar las novedades), hablar con mis nuevos amigos guays de la última marca de camisetas que han importado de New York, etc. Este punto sería probablemente el más duro de la colección, pero a la vez el más imprescindible.


- He aquí el boceto que realicé de mi transformación -

Fiel a mis métodos confeccioné acto seguido un plan de ataque. Leí y releí el plan preguntándome si aquello no iba a ser demasiado, pero ya era tarde para cuestionárselo. Me había propuesto ser guay y, gracias a mi amada cabezonería extrema, no había nada ni nadie en el universo que me pudiese hacer cambiar de opinión. Cogí el teléfono y marqué de memoria el número del Teclas.

- Teclas, soy yo. Hoy no voy a poder ir a tu casa a observar la granja de hormigas, vas a tener que hacerlo sin mí.

- Pero Extraño Desconocido...

- No me llames más Extraño Desconocido, Teclas. A partir de ahora me llamo... Don Guay.

- ¿Don Guay? ¿Pero ese no es el nombre del chino de al lado de tu casa?

Colgué sin despedirme, decidido a conquistar el mundo con mi nuevo atractivo y belleza. Añadí entonces un punto en lo más alto de mi lista: Dejarse perilla.

Capítulo siguiente

jueves, 29 de enero de 2009

Ser guay es guay - INDICE

Aquí el índice de la serie que ha cambiado el mundo de los blogs. Que la disfruten.

1 - Ser guay es guay

2 - El maravilloso mundo de las mariposas

3 - Problemas con Benito

4 - Jimmy Love

5 - Por los pelos

6 - Un nuevo pelo no lo es todo

7 - De vueltas con el Teclas

8 - Por fin en el gimnasio

9 - La clave es el bíceps

10 - Tenemos plan

viernes, 23 de enero de 2009

Meme0

Lo del título es un cero, no una letra o.

Lo primero, dar las gracias públicamente a todos aquellos que me han premiado últimamente: gracias por poner vuestro granito de arena para intentar conseguir que el mundo sea un lugar más justo. Desgraciadamente mi desproporcionado narcisismo me dificulta otorgar premios a personas que no sean yo mismo, por lo cual no puedo seguir este tipo de cadenas sin entrar en un bucle infinito. Gracias entonces a María y Peibol por vuestro elevadísimo gusto literario.

Lo segundo, quería expresar públicamente mi rechazo a los memos memes, los cuales no son sino cadenas de enlaces encubiertas en pequeños juegos literarios o baterías de preguntas. No obstante, y fiel a la incosecuencia que me define, me he decidido a hacer uno para el que me nominó el señor Yyrkoon. Ya que consiste básicamente en compartir datos sobre mí y puesto que me hago llamar Extraño Desconocido, quiero dejar claro que lo que escriba no tiene por qué ser falso ni cierto ni todo lo contrario, así que este meme no os va a servir realmente para averiguar cosas sobre mi persona. Ahí va.

1.- Poner sin insultar al señor que te ha endosado el meme. No voy a repetir su nombre otra vez, que ya vale de darle publicidad para lo poco bien que me cae.

2.- Compartir 7 hechos sobre ti mismo en tu blog, cositas raras y similares:

2.1 – En un mundo en el que los homosexuales ocupan una parte cada vez más importante de las altas esferas culturales, puedo reconocer que no me avergüenzo de no serlo (doble negación, ojo, no os dejéis ningún “no” sin leer). Seguramente mi calidad artística se vea menguada por este hecho, pero desgraciadamente la condición sexual es algo que no se puede elegir.

2.2 – La primera vez que besé a una mujer fue a la edad de dieciseis años y porque al tropezarme delante de ella mis labios fueron a parar justo encima de los suyos. Acto seguido batí mi propio record de 500 metros huyendo de su musculoso novio.

2.3 – Nunca me gustaron los animales, pero sin embargo ahora a veces comparto cama con la asquerosa de mi gata. Pero sin abracitos, no os penséis.

2.4 – Tiendo a analizar demasiado la realidad y a darle una explicación científica a lo que sucede a mi alrededor, lo cual no me hace nada feliz. Soy de los que piensan que los tontos son las personas más felices que existen y como yo compro en Media Markt no soy tonto, por lo cual soy suboptimalmente feliz. Podría pensar que no comprar allí me volvería más tonto de lo que soy, pero se que en realidad sería al revés.

2.5 – La historia de los helados era mentira.

2.6 – Cuando veo una película me identifico con el protagonista y me introduzco tan de lleno en la historia que la vivo como si fuera mía. Es por eso que no soporto las películas de terror ni la violencia gratuita: simplemente tardo demasiado tiempo en desconectar una vez se ha acabado.

2.7 – Mi gran frustración es no haber aprendido a tocar ningún instrumento musical. Hace unos años incluso me compré una guitarra y un libro para obligarme a aprender, pero ni por esas. La guitarra cría polvo y yo sigo sin poder impresionar a las mujeres en verano tocando canciones de amor a la luz de la luna.

2.8 – No se contar.

En realidad al final solamente he escrito dos puntos que son mentira, pero me niego a deciros cuáles son. Bueno, uno es el punto 2.8, está claro, pero el otro...

Ahora debería nominar a siete de mis lectores, pero como soy tan radical os nomino a absolutamente TODOS, dejando a vuestra elección si lo hacéis o pasáis de mi. Si os animáis a hacerlo al menos me lo comunicáis en un comentario.

Saludos para todos y prometo contar alguna de mis vivencias dentro de poco, que ya va tocando historia de verdad.

sábado, 17 de enero de 2009

La evolución de la tecnología: vender cada vez más

Hace cientos de miles de años: la memoria.
Hace 40.000 años: las pinturas rupestres.
Hace 5000 años: las tablas de arcilla.
Hace 1.500 años: el pergamino.
En el siglo IX: la pluma.
En el siglo XV: la imprenta como medio de difus¡ón (su invento en sí es anterior).
En el año 1885: las tarjetas perforadas.
En la década de 1950: la cinta magnética.
En 1956: el disco duro.
En 1978: los diskettes de 5,25".
En 1984: los diskettes de 3,5".
En 1992: se produce el primer disco compacto.
En 1994: las memorias Flash (tarjetas de memoria, vamos).
En 1995: las memorias USB.
En el 1999: el primer DVD (su estandarizaci¡on es mucho más reciente, claro).

Seguramente he olvidado algún formato, pero de todas formas no hace falta más para darse cuenta del acelerón que han pegado las técnicas de almacenamiento de datos en los últimos años. Los nuevos sistemas quedan obsoletos cada vez más y más rápidamente, y eso no es ningún secreto.

La televisión a color apareció allá por el año 51. Unos años después mi tío lejano Robert Adler ideaba un mando a distancia prehistórico que funcionaba emitiendo chasquidos de diferente frecuencia dependiendo del botón que se pulsase. La tecnología no avanzó demasiado en los siguientes cuarenta y cinco años...

Mis padres compraron una televisión en 1997 y hasta el 2005 (más o menos) seguía siendo un aparato relativamente actual. Era entonces cuando los televisores de pantalla plana, ya fueran de plasma o LCD, empezaban a convertirse en un estándar y dejaban de ser un artículo de lujo. Se empezaban a escuchar expresiones del tipo "necesitamos un televisor de pantalla plana, cariño, que la Choni se ha comprado uno". Poco tiempo después aparecerían los televisores de alta definición (HDTV) y un amigo mío se compraba uno de 48 pulgadas por más de mil euros. Sin embargo, hoy en día incluso éstos modelos (de dos años de antigüedad) han quedado ya obsoletos con la llegada del Full-HD, formato para el cual dudo bastante que existan películas. Pero no todas las imágenes están en movimiento...

Las primeras fotografías realizadas datan de 1826 y fueron tomadas por el francés Joseph-Nicéphore Niépce utilizando una cámara hecha de madera. Treinta y nueve años después, en 1856, Johann Zahn construía la primera cámara portátil. No fue hasta 1988 que apareció la primera cámara fotográfica digital tal y como las conocemos, la cual almacenaba las imágenes en una tarjeta de memoria interna de 16 MB y utilizaba una batería para mantener los datos en la misma.
Desde entonces la fotografía ha avanzado a pasos agigantados. En 1999 una cámara digital de 2.73 megapixels costaba unos 6000 dólares (calderilla, vamos), y tan sólo diez años después seguramente tengas una cámara de mayor definición que aquella en la parte trasera de tu móvil. Hablando de móviles...

El teléfono no fue inventado por Alexander Graham Bell tal y como todos pensamos sino que, según la resolución número 269 del 11 de junio de 2002 del Congreso de los Estados Unidos, su autoría se otorga a Antonio Meucci allá por el 1871. Pasados nada más y nada menos que ciento doce años y con la casi única evolución de cambiar del teclado de ruleta como en la foto al teclado digital, en 1983 presentaba Motorola el primer teléfono móvil, un peso pesado de los teléfonos con 780 gramos; casi nada. Tengo un amigo que ni siquiera es capaz de levantar tanto peso. Hoy, veintiseis años después de aquel primer móvil, los teléfonos fijos son ya pieza de museo y los móviles tienen de todo menos cafetera.

Así podría seguir relatando la evolución de múltiples inventos hasta que me cansase o me restringieran el acceso a la Wikipedia por abusón, pero supongo que os aburriría. Por eso querría cerrar este post por donde lo empecé: el almacenamiento de datos.

Pasada la lucha encarnizada entre los dos nuevos sistemas, el Blu-ray y el difunto HD-DVD, y en pleno intento por parte de multitud de fabricantes de encasquetarnos el primero como nuevo estándar que deje obsoletos a nuestros queridos DVDs, he descubierto la existencia del HVD (holographic versatile disc), el cual lleva en proceso de desarrollo desde el 2005 y está en una fase tan avanzada que incluso han sido publicados datos del mismo. Su capacidad de almacenamiento sería de hasta ¡3,9 Terabytes!. 3,9TB son 3900 Gigabytes o, lo que es lo mismo, unos 830 DVDs. Como dato adicional, que sepáis que los Blu-rays de doble capa tienen una capacidad de 50 GB (78 veces menos).

Resulta entonces que, en plena lucha por instaurar este nuevo sistema de Sony, ya existe uno nuevo que le da mil vueltas pero que está escondido en la recámara. No sé, pero yo ahora mismo me siento un poco estafado... y eso que he pasado las Navidades sin comprarme un reproductor de Blu-Ray ni una Playstation 3.

viernes, 9 de enero de 2009

Problemas en el centro comercial

- Déjeme en paz, haga el favor, que no hace falta que me empuje. ¿Acaso no ve que estoy colaborando? - exclamé visiblemente molesto -.

- ¿Quiere callarse de una puta vez?.

Aquella especie de guardaespaldas de El increible Hulk sujetaba mi mano izquierda doblada a mi espalda mientras me dirijía a empujones a su despacho. Su flequillo me rozaba la nuca casi acariciándola. Pensé que de ser un flequillo rubio incluso me habría llegado a excitar, pero el hedor de su sudor acababa con todo el romanticismo de la escena.

- Mire pedazo de carne descerebrada, se lo voy a decir una última vez: o me suelta de inmediato o le voy a romper tantos huesos que va a parecer usted los restos de un asado en Navidad. - le grité bastante enojado marcándome un farol -.

Desgraciadamente no dije lo anterior mirando la cara a mi agresor ya que no podía girarme con el brazo bloqueado. Como ya se sabe, las desgracias nunca vienen solas, y esta vino acompañada de un jovenzuelo de unos ciento veinte kilos aproximadamente. El chaval pasaba por delante de mí justo cuando le dije la barbaridad al padre de Rambo, y se pensó que la frasecita iba dirigida hacia él.

- ¡Aaaaaaaaaaaaaarg!

Aquel grito, ya de por sí bastante desagradable viniendo de un niño de ciento veinte kilos con la boca llena de mazapanes, lo fue todavía al ir acompañado de un puñetazo en toda la tripa que me dolió más que la muerte de Chanquete en Verano Azul.


- Una foto del gordo -

- Eso para que me vuelvas a llamar pedazo de carne descerebrada, mentecato - me increpó el chaval mientra se echava un nuevo polvorón a la boca -.

- Traga antes de hablar, y mira a ver si utilizas insultos más duros, finolis - le contesté yo debido a este orgullo tan enorme que tantos disgustos me ha dado en la vida-. Además, lo de pedazo de carne descerebrada no iba por ti sino por el energúmeno que tengo anclado a la chepa.

- Perdona, pedazo de hijo de puta, pensaba que te habías dirijido a mí. - Me dedicó una sonrisa durante un segundo, exactamente el tiempo que tardó en introducir un nuevo polvorón en su boca -.

- Nada, no te preocupes, un fallo lo tiene cualquiera - le contesté mientras se alejaba -.

En aquel preciso instante sentí algo que me hizo recordar cuando aquel piano cayó accidentalmente encima de mi cabeza: una colleja del guardaespaldas.

- ¿Quiere hacer el favor de callarse de una puta vez?.

Decidí no contestar. Aquel portento de la naturaleza inclinó mi dolorida cabeza hacia delante y comenzó a utilizarla a modo de cuña para abrirse paso entre la multitud la cual, sumergida en sus importantes compras navideñas, me ignoraba por completo. Tras chocar con el tercer carro de la compra no me pude contener y grité, de nuevo mirando hacia delante:

- ¡Ayuda, por favor! ¡Este hombre me va a matar!

Ni una reacción. Si alguien me escuchó simplemente fingió no haberlo hecho. Sentí como si estuviera abriéndome paso entre un ejército de sombras inertes. Tras unos minutos que se hicieron más largos que el número Pi llegamos por fin a su despacho. Se trataba de una pequeñísima habitación en la que tan solo se encontraban una mesa, una silla, un cenicero repleto de colillas (colillas de cigaaaarros, de cigaaaarros), un cubo de Rubik y un total de dieciséis monitores en blanco y negro en los que se iban alternando las imágenes de todas las cámaras de seguridad del centro comercial.

- Bienvenido a mi despacho, Extraño Desconocido.

- ¿Por qué en estas historias la gente siempre sabe como me llamo? - pregunté intrigado -.

- Supongo que porque eres conocido.

- No soy Conocido sino Desconocido, perdona... además, ¡pero si nunca he puesto una foto mía en el blog! - le contesté perspicazmente -.

- Te he conocido por la voz, Extraño, por la voz.

Decidí no explicarle a aquel mastodonte que un blog se lee y no se escucha, así que pregunté algo más interesante.

- ¿Cuánto tardas en hacer el cubo de Rubik?.

- Tengo el record en veintitres segundos, pero a veces tardo hasta cuarenta o incluso menos - exclamó en un alarde de lógica temporal -.

¡Pero qué pedazo de cabrón! - pensé -. Yo por aquel entonces todavía no había conseguido resolverlo ni una vez. Ahora en cambio sigo sin haberlo completado.

- Bueno, pasemos a temas más interesantes - dije -. ¿Por qué me has traído aquí y qué piensas hacer conmigo?.

- ¿Por qué has atacado a Papá Noel?.

- Te lo he dicho: me ha mirado mal. Además, no era el verdadero Papá Noel. La gente con barba me parece de por sí muy sospechosa, pero es que el cabronazo ese además de no ser Papá Noel se me ha quedado mirando en plan: te va a traer regalos tu abuela, capullo, y no me he podido contener.

- Lo siento, pero voy a tener que llamar a la policía. Hay demasiados niños que han visto cómo de arreabas una paliza con la almohada que estaba usando a modo de barriga y tres de ellos han quedado en estado de shock. Te has pasado, no te puedo dejar ir sin más - me explicó el que podría ser hermano gemelo King Kong -.

Recordé la última vez que había estado en comisaría: la semana anterior. El comisario Castilla me había avisado de que si volvía a verme en menos de un mes me tendría una noche en el calabozo, y lo cierto es que no me apetecían nada ese tipo de vacaciones.

- Qué colorido el cubito, eh? -

- Mira, Arnold o como te llames, dame una oportunidad. Te reto al cubo de Rubik. Si lo acabas tú primero te doy una foto de Marta Sanchez firmada por mí, y si lo acabo yo me dejas ir sin llamar a la policía, ¿de acuerdo?.

- Lo cierto es que debería llamarla de inmediato, pero la foto firmada por tí me tienta lo suficiente como para jugarme mi puesto de trabajo ahora que estamos en crisis y es tan difícil encontrar otro.

Cogí el cubo, lo giré unas cuantas veces hasta que vi la cosa complicada y se lo devolví. Le di la orden de comenzar mientras pulsaba un botón cualquiera de mi reloj e inmediatamente después salí corriendo del despacho. En mi huida giré la vista un momento y vi al culturista todavía concentrado intentando resolver el cubo, por lo que me paré un segundo aprovechando mi ventaja para atarme el cordón del zapato derecho por si acaso me hacía tropezar y después seguí corriendo, escapando así una vez más de la cárcel de Villaquilambre.

Después de todo, soy un hombre con suerte - pensé -.