martes, 20 de septiembre de 2016

Los cinco pasos definitivos para ser más guay


A día de hoy una de las mayores fuentes de visitas a nuestro blog son búsquedas en Google del tipo “cómo ser guay”, “quiero ser guay”, o “vendo persianas”. No vamos a tratar en esta entrada de persianas puesto que es un tema sobre el que ha corrido ya mucha tinta, sino que nos dedicaremos a ayudar a aquellas personas que, un tanto desorientadas por la falta de información, buscan ayuda en su camino al mundo guay. Para todos ellos estamos creando la Guía definitiva para ser guay, de la cual hemos escrito hasta ahora dos páginas. Como adelanto a esta obra maestra de los libros de autoayuda estamos encantados de ofrecerte aquí cinco consejos para ser más guay. Por cierto, escribo en plural simplemente porque queda más profesional, pero sigo siendo yo y sólo yo el que escribe en el blog.

1 – Hazte el interesante

Quieres ser un tío guay, y como tal la gente debería interesarse por lo que haces y lo que dices. Para aumentar este interés de tus amigos o conocidos, no hay nada mejor que decir cosas que no sean capaces de entender a la primera o, mejor todavía, que despierten su interés. Por ejemplo, si te preguntan si quieres ir a jugar al fútbol esta tarde, no digas que no puedes porque tienes que ir a casa a cuidar de tu hermana. Es demasiado claro. Es mucho mejor que afirmes: “Me encantaría”. Observa que ni siquiera está claro si vas a ir o no, con lo cual te preguntarán algo así como “¿Pero vienes o no?”. Como puedes ver, de esta manera tan fácil ya has captado el interés de tus interlocutores. Ahora podrías contestar algo del estilo de: “No me va a ser posible, tengo algo importante que hacer”. A partir de ahí puede ser que tu interlocutor interprete que no quieres hablar del tema con lo que se quedará muy intrigado, o que siga preguntándote, en cuyo caso deberías contestar con nuevas evasivas. No puedes usar esta técnica todo el tiempo, pero sí a menudo para asegurarte el interés de tus colegas en lo que haces o dices.

En resumen, intenta envolver tu vida en un halo de misterio que te haga interesante.

2 – Viste de manera extravagante

No puedes pretender ser guay con esas camisetas del Pull&Bear o de Mango que lleva todo el mundo. Esto mismo es válido para tu peinado o tus adornos. Cuando algo se pone de moda no eres guay por seguir esa moda; los guays son los que crean las modas o al menos son de los primeros en seguirlas.

Si ves como los jóvenes comienzan a dejarse crecer la barba, pero esperas a que todo el mundo lo haga para empezar tú, entonces nunca vas a ser guay sino una persona del montón. Tendrás que hacer cosas originales. Por ejemplo, aféitate todos los días. O péinate con raya en el medio ahora que nadie lo hace. Viste con colores que no veas por la calle como el naranja o el kiwi y utiliza prendas de vestir y adornos encontrados en la basura o que pertenecían a tus abuelos para darle a tu indumentaria un toque de originalidad.

Como regla general podemos decir que cuanto más ridículo te veas al espejo, más guay te percibirá el resto del mundo.

3 – Busca hobbies que nadie realice

Nada de “me gusta viajar, leer y hacer deporte”. Eso es algo demasiado típico. Necesitas hobbies extraños y que le interesen a la gente. Por ejemplo, puedes desarrollar una pasión por tejer. Esto es algo que nadie hace, pero que seguramente en algún momento se empezará a poner de moda. Si cuando llegue ese momento tú eres un experto e incluso tienes un blog o un canal en youtube, entonces automáticamente serás increíblemente guay. Fácil, ¿no?

Por supuesto corres el riesgo de que tu hobby nunca se ponga de moda. Por eso mismo deberás crear blogs y canales de youtube de al menos cinco aficiones originales para aumentar las probabilidades de que al menos alguna de ellas se ponga de moda en los próximos años. Algunos ejemplos serían: coleccionar conchas, el mundo de las tortugas, hablar Finlandés, hacer mermeladas caseras, tocar el xilófono, programar en Turbopascal,  la poesía Kazaja, usar monóculo… Seguro que se te ocurren fácilmente unas cuantas posibilidades. Piensa que hace unos años a nadie le daba por jugar al pádel, hacer su propia cerveza, la comida vegana, beber gin tonic o tener un huerto urbano y todas ellas son gilipolleces que ahora están a la orden del día.

4 – Habla siempre sobre ti mismo

Debes intentar que toda conversación que se desarrolle en tu presencia gire sobre ti mismo. Más que una técnica es un estilo de vida, pero por suerte es algo que puedes aprender poco a poco. Empieza por conversaciones superficiales y con pocas personas para ir aumentando el reto y acabar haciendo que todo el bar escuche interesado tus explicaciones, vivencias o historietas.

Por ejemplo, si alguien empieza a hablar de baloncesto, entonces hablarás sobre tu primo que juega en la liga italiana para acabar contando que un día saliendo de juerga le levantaste a un ligue. Si alguien dice que se ha comprado la Playstation 4, entonces dirás que tú la compraste cuando salió pero que los gráficos te parecen una mierda y por eso la vendiste y te compraste un pepino de ordenador. Si alguien se va de vacaciones a las Maldivas, entonces tú ya has estado allí y si quiere le puedes recomendar un restaurante impresionante en el que te acabaron invitando a cenar después de que conocieras a los dueños una noche de fiesta.

Debes mezclar historias y datos reales e inventados, de manera que la gente puede saber que sueles exagerar pero nunca pueda decir a ciencia cierta si algo que cuentas es real o no. Es lo que los guays llamamos maquear o tunear las historias.

5 – Critica a los demás

Este paso requiere que realices correctamente todos los anteriores, ya que aquí empiezas a moverte en aguas pantanosas. Sin embargo, si sigues al pie de la letra los primeros pasos observarás una rápida mejoría en tu nivel de guayismo. Una vez sientas esta mejoría y veas que tu reputación va en aumento, es cuando será el momento de comenzar a utilizar esta última técnica que te catapultará a unos niveles que antes te parecían imposibles.

Aquí se trata de pasar de concentrarte en ser guay, a dedicarte a hacer que los demás sean menos guays que tú. Esto automáticamente hará que los demás te perciban todavía más guay de lo que eres en realidad. Para ello la idea es que identifiques a lo que son más o menos igual de guays que tú y los critiques a sus espaldas cuando tengas ocasión, riéndote de sus tontas aficiones, lanzando rumores sobre que estudian los fines de semana, criticando su manera de vestir porque ya estuvo de moda hace unos años y no es nada original, etc.

Imagina que tú te encuentras en un escalón o nivel en la escala gay. Entonces te dedicarás a criticar a los de tu mismo escalón, lo cual con el tiempo hará que parezca que estás un nivel por encima de ellos. Así, la gente acabará interpretando que efectivamente estás por encima de aquello a los que te dedicas a criticar. Llegado este momento, ya has subido un escalón. Entonces vuelves a empezar, y así continuamente hasta que estés satisfecho con tu nuevo estatus social.

 

Desde Vivencias Varias te animamos a aplicar estos consejos y esperamos que te sirvan de gran ayuda en tu camino hacia el guayismo. Si tienes cualquier duda estaremos encantados de responderte en los comentarios.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Drogas que se usan para el abuso sexual


Hace unos días se emitió un programa en la televisión alemana en el que el reportero probaba diferentes drogas después de los correspondientes exámenes médicos y en un entorno controlado para documentar los efectos de las mismas durante y después de su consumo.

Probó los tripis, LSD y marihuana entre otras cosas. En el reportaje, el consumo de diferentes drogas se alternaba con entrevistas a personas drogodependientes que se centraban en las consecuencias del consumo y en la lucha de estas personas por dejar las drogas.

Lo que más me impactó de dicho reportaje fueron las “K.O. Tropfen”, una droga líquida que con tan solo dos gotas en una bebida produce el efecto de perder la voluntad y olvidar completamente lo ocurrido durante horas.

En el programa, el reportero tomaba una cerveza en la que se habían introducido dos gotas de esa droga. Según él, el sabor de la cerveza no se alteraba en absoluto, por lo que si alguien introduce la droga sin ser visto es imposible detectarla. Tras una media hora se apreciaba claramente como el reportero parecía ir completamente borracho a pesar de haber tomado solamente una cerveza. Hablaba más lentamente, sonreía y hacía bromas. El experimento estaba siendo realizado en la Oktoberfest, con lo cual el estado del reportero no parecía para nada extraño entre otros tantos borrachos. Entonces, los acompañantes del protagonista demostraban cómo le podían robar y dirigir de un sitio a otro sin que él percibiese nada extraño o se sintiese alarmado. Le cambiaban la ropa, le quitaron el reloj y la cartera, le hacían hablar con desconocidos, etc. Al final, le llevaron de los hombros a casa, cosa que cualquier extraño percibiría como los amigos ayudando al borracho del grupo, algo de lo más normal.

Al día siguiente el reportero afirmaba no recordar absolutamente nada de lo ocurrido tras aquella cerveza. Incluso después de ver fotos tomadas a lo largo de la noche, no era capaz de recordar lo sucedido y sentía como si la persona fotografiada no fuera realmente él.

Después de la documentación de esta aventura, el programa se ocupaba de la entrevista a una chica que había sido víctima de una de estas drogas. Afirmaba haberse despertado en un parque a altas horas de la madrugada sin poder recordar lo acontecido la noche anterior, a pesar de no haber bebido demasiado alcohol. Después de algunas investigaciones, la pobre chica había descubierto que había sido violada por tres personas aquella noche, las cuales nunca pudieron ser identificadas.

Considero más que alarmante la existencia de estas drogas, sobre todo por la aparente facilidad para conseguirlas y utilizarlas con malas intenciones. Desconozco la situación en España y si hay muchos casos de violaciones asociados a estas drogas, pero en todo caso pienso que conocer su existencia es algo necesario para protegernos y proteger a nuestros conocidos frente a ellas.

No creo que debamos alarmarnos excesivamente, pero sí estar alertas para poder reconocer situaciones que indiquen el posible uso de estas drogas.

Algunas de estas drogas son: Rohypnol, GHB (creo que fue el utilizado en el reportaje) o Ketamina.
Aquí tenéis más información al respecto:
http://www.mtryrapecrisis.org/span/saber-m%C3%A1s/drogas
https://www.drugabuse.gov/es/publicaciones/drugfacts/las-drogas-de-club-ghb-ketamina-y-rohipnol

Si alguien dispone de información adicional, agradecería que la dejase en los comentarios.

viernes, 9 de septiembre de 2016

En los Juegos Olímpicos III


El vestuario, decorado como todo el complejo olímpico al estilo años ochenta, me transmitió a mi juventud. Por un momento sentí verme a mí mismo intentando todo tipo de deportes en las divertidas horas de educación física.

Enfundado en mi reluciente nueva ropa de deporte, comprada de ocasión en el rastro de los domingos y adornado con una cinta roja en la frente que me otorgaba una imagen de deportista de élite a pesar de mis kilos de más, me miré al espejo y me hablé a mí mismo tal y como había leído en el libro de motivación de Ingvar Kamprad que me habían regalado hacía un tiempo:

-          Eres un máquina – me dije

-          Lo sé, figura. Tú eres un tío grande – me contesté

-          Sal ahí fuera y demuestra lo grande que es Zaragoza, digo, Guatemala.

Con el lógico ataque de motivación causado por la conversación anterior entre dos grandes del deporte mundial salí del vestuario dispuesto a comerme el mundo. Eran ya las doce menos diez. La oscuridad del túnel que parecía ser el pasillo de salida acababa repentina en el solazo del mediodía en Albacete. La zona de los cien metros se presentaba frente a la salida. En cuanto mis pupilas se acostumbraron a la luz di la vuelta para observar el tremendo ambiente olímpico. El público ondeaba banderas de dos o tres países, incluso había una del reino de Albacete. Los aplausos y los gritos formaban un ruido ensordecedor. Los flashes de la cámara de juguete de un niño que pasaba por ahí adornaban la estampa como estrellas en el firmamento, que siempre queda bien escribir esto.

Es muy difícil estimar una cifra de espectadores, pero sin contar a los que estuvieran viendo el espectáculo desde sus casas asomados al balcón ni al hombre borracho que se asomó un rato a mirar, diría que habría unas cincuenta personas incluyendo a los deportistas, los cuales era casi imposible identificar con exactitud debido a su elevada masa corporal.

Tomé posiciones en mi calle, la número dos, y me dispuse a observar a mis adversarios por primera vez. A mi izquierda, en la primera calle, la joven promesa francesa. Era un chaval de unos dieciséis años que aparentaba ser dos hombres cincuentones. Durante mi fase de preparación había leído sobre sus tiempos récord en ir del sofá al baño en caso de sufrir un apretón.

A mi derecha, en la calle tres, un negro representaba a España. Me pregunté por qué me había tocado representar a España siendo que el que representaba a España no era español. Sí, bien es cierto que una persona de color puede ser española y que porque sea negro no tiene que haber cruzado el estrecho a nado. Pero no sé, como que yo tengo más pinta de español y tal. Claro, no dije nada porque estos temas son peliagudos, nunca sabes si te vas a topar con un radical de lo políticamente correcto y entonces no sabes lo que decir para que no te tachen de xenófobo. Aunque en realidad una vez conocí a una chica llamada Xenia y era tan fea que me daba miedo, lo que me hace xenófobo de todos modos.

No había más participantes. Más tarde escuché que el resto de deportistas habían decidido no correr tras ver la planta del representante de España, el cual bien podría haber anunciado calzoncillos al lado de Cristiano Ronaldo.

Había llegado el momento. Se pidió silencio a gritos por los altavoces. El estadio enmudeció esperando el sonido de salida de la carrera. Con los brazos al frente, bajé la cabeza y cerré los ojos concentrado en el pistoletazo de salida.

Esperé concentrado, sintiendo los latidos acelerados de mi corazón y los músculos de las piernas contraídos dispuestos a la acción. El sudor causado por la adrenalina se acumulaba en la cinta en mi frente y hacía brillar los esculturales brazos y piernas que una señora del público se había depilado para la ocasión.

Seguía esperando encogido con los ojos cerrados concentrado en la explosión que indicaría la salida. Comenzaba a sentir la carga sobre mis brazos causada por aguantar esa posición estática.

-          ¡Señooooooooor!

Aquel grito me arrancó de cuajo del trance de mi concentración. Abrí los ojos y vi a mi frente a la atractiva azafata que había conocido horas antes. A los lados, las calles estaban vacías. Pude ver al francés tumbado unos metros por delante de mí lastimándose mientras se sujetaba el tobillo con las manos. El señor afroeuropeo saltaba de alegría a cien metros de distancia y el público aplaudía eufórico.

-          ¿Qué ha pasado? – pregunté confundido

-          La carrera ha comenzado hace un rato, señor. ¿Por qué no se ha movido?

-          Pero… No he escuchado el pistoletazo de salida, la salida de los otros dos participantes tiene que haber sido ilegal.

-          ¿Pistoletazo? – dijo ella – Aquí la salida la damos con un silbato como toda la vida, en Albacete no está permitido el uso de armas de fuego para dar la salida en eventos deportivos ya que suele haber techos y también hay mucho pájaro por aquí.

-          Pero… eso se avisa antes, yo estaba esperando un disparo para salir.

-          ¿No se ha leído las reglas de participación que firmó con la inscripción? No me lo puedo creer.

-          Señorita, ¡ese documento tenía tres páginas! ¿Acaso hay alguien que lea tanto de seguido hoy en día? – le contesté indignado.

-          Venga, venga, salga que todavía está la plata en juego – dijo ella mientras se echaba a un lado y movía los brazos animándome a arrancar.

Con un tiempo de dos minutos y tres segundos logré alzarme con la medalla de plata para Guatemala, la cual compré después junto con una foto recuerdo de mi participación. Me prometí a mí mismo entrenar duro durante los próximos cuatro años para, en mi siguiente participación en los Juegos Olímpicos, conseguir leer las condiciones del contrato antes de firmarlo.

FIN

lunes, 5 de septiembre de 2016

En los Juegos Olímpicos II


Albacete es una pequeña ciudad situada en el sureste de España, entre Madrid y Las Lomas del Rame. Tiene unos 170.000 habitantes, dos de ellos extranjeros. Una de sus industrias más importantes es la fábrica de cordones y tuvo en José Vicente Ortuño a uno de los mayores exponentes de su cultura viejuna y en Joaquín Reyes de su cultura moderneja.

Quedaban tras de mí dos duras semanas de entrenamiento físico y mental. Llegaba a la ciudad convencido de mis posibilidades y dispuesto a comerme el mundo. La estación de autobuses era un modesto edificio situado en las afueras de la ciudad, a unos dos kilómetros del centro. Debido a que no me funcionaba internet no había podido buscar la ubicación de la villa olímpica, así que monté en un taxi.

-          A la Villa Olímpica, por favor

-          ¿Mandeeee?

-          A la Villa Olímpica, soy un atleta, participo en los Juegos.

-          Dígame la calle, por favor – contestó el taxista.

Un tanto confundido miré en los papeles que había recibido tras pagar mi inscripción.

-          Calle San Torcuato, número 12 – le indiqué al conductor.

Tardamos unos veinte minutos en el transcurso de los cuales vi tres iglesias extremadamente parecidas, tanto que incluso pregunté si no se trataba del mismo edificio.

-          No, son tres iglesias diferentes pero del mismo arquitecto, no se preocupe. Estamos conduciendo por un atajo, por eso estoy callejeando tanto.

La Villa Olímpica estaba perfectamente mimetizada con su entorno. Los edificios de los deportistas habían sido construidos imitando a un barrio antiguo de la ciudad. Se había pensado incluso en detalles como la suciedad y el mal olor para imitar esa atmósfera de casco antiguo. La realidad estaba muy lejos de lo que esperaba encontrarme, que habría sido más bien un barrio moderno con hoteles e instalaciones deportivas, pero sin duda superaba las expectativas.

Eran las ocho de la tarde cuando entré en mi habitación, así que decidí acostarme y descansar para estar en plenas facultades para la carrera, que sería a la mañana siguiente.

Según las instrucciones debería estar en el estadio a las diez de la mañana para ultimar los preparativos y poder disputar la carrera a las doce.

No sabía a ciencia cierta donde quedaba el estadio olímpico, así que después de desayunar pregunté en la recepción del hotel.

-          Necesito ir al Estadio Olímpico de atletismo, participo hoy en la final de los cien metros.

-          ¿Digaaaaaa?

-          Estadio, atletismo, Olimpiadas – dije lentamente moviendo los brazos imitando una carrera.

-          ¿Sabe usted la dirección a la que tiene que ir?

-          Sí, un momento…

Saqué de la mochila una vez más los datos de la inscripción.

-          Calle San Torcuato, número 18 – dije.

-          Uy, eso le queda a un buen rato de aquí – me contestó la apuesta señorita -. Le recomiendo que tome un taxi. Tiene a uno esperando en la misma puerta, dígale que está en el hotel y le hará descuento.

Esperaba que el estadio estuviera cerca de las instalaciones para deportistas, pero supuse que a sabiendas de que no era fácil alcanzar el estadio a pie, el hotel había organizado un servicio de transporte especial. Estaba impresionado por la organización ejemplar del evento.

Diez minutos más tarde y veinte euros más pobre llegué al estadio. El estadio olímpico había sido construido en lo que parecía imitar a un colegio público, con su valla oxidada, su pista de fútbol y baloncesto todo en uno, y su circuito para correr alrededor de la misma. Las gradas todavía no estaban preparadas cuando llegué aunque el público ya estaba comenzando a acceder a las instalaciones. Las televisiones parecían haber planificado la retransmisión al minuto ya que tampoco pude ver cámaras ni reporteros a primera vista.

Me acerqué a una pequeña carpa en la que una amable azafata con evidente sobrepeso parecía dar indicaciones a dos deportistas.

-          Hola, soy el Extraño Desconocido y represento a Guatemala en los cien metros – dije.

-          Buenos días, señor Extraño – contestó con una sonrisa – Déjeme mirar… bien, usted tiene la carrera a las doce. Aquí tiene su dorsal, los vestuarios están allí al fondo por si necesita cambiarse.

-          Gracias. He traído zapatillas de varias marcas de deporte por si el patrocinador no tenía de mi tamaño. Es que calzo un cincuenta y dos. ¿Qué marca patrocina el evento?

-          Eeeee… pues la verdad, no lo sé. Bueno, antes he visto a un hombre mayor que llevaba una camiseta de Decathlon, supongo que ese será el patrocinador.

-          Solamente tengo Adidas o Nike, así que tendré que preguntar si tienen ropa de mi tamaño para no crear un conflicto de patrocinios. ¿Dónde están sus instalaciones? ¿O con quién debería hablar que represente a la marca? – pregunté

-          Adidas, Adidas. Póngase las zapatillas de la marca Adidas y no se preocupe.
 

miércoles, 31 de agosto de 2016

En los Juegos Olímpicos I

Llevaba los últimos veinte años de mi vida sin hacer deporte. Bueno, sin hacer lo que los deportistas llaman deporte. Realmente tampoco lo que la gente normal suele entender por deporte.

La culpa la tiene internet. Desde que compré mi primer modem por Ebay no hacía más que conectarme en el ordenador y jugar al solitario online. Era un vicio, el solitario online de los primeros Windows era básicamente como el normal, solamente que durante la partida chateaba con lo que posiblemente eran mujeres al otro lado del monitor. Cuando digo al otro lado me refiero a que yo me sentaba a la derecha del monitor y ellas a la izquierda, pero a la izquierda de su monitor en su casa.

Después de aquellas primeras experiencias comencé a contribuir al extenso mundo de Internet mediante discusiones en foros sobre temas de actualidad, comentarios críticos en blogs de desconocidos, entradas falsas en la Wikipedia sobre mi pueblo y su gran contribución a la cultura universal y fotomontajes humorísticos en lo que considero fue el precursor del meme tal y como lo conocemos hoy en día. Todo esto está documentado y se puede comprobar incluso hoy en día investigando en google y otras páginas culturales.

Esos contactos con el mundo virtual se fueron intensificando a medida que me crecía el pelo en el pecho y llevaron a que crease un canal en Youtube, cuentas en Facebook, Twitter, Instagram, MySpace e incluso un blog que se acabaría convirtiendo en blog de culto.

Obsesionado como estaba con Internet y todas sus posibilidades pornográficas, fui poco a poco olvidando la importancia de cuidar mi cuerpo. Me alimentaba básicamente de cosas como fruta, verdura y pescado y bebía casi exclusivamente agua. Esto, acompañado por la total ausencia de deporte más allá de salir a correr tres veces a la semana, montar en bici los sábados y jugar a tenis los domingos, derivó como no podía ser menos en problemas de sobrepeso. Como un pez que se muerde la cola, este sobrepeso me impedía hacer deporte, lo que hacía el problema todavía mayor (llegué a pesar 85 kilos con una altura de 1,85!).

Decía al principio que llevaba unos veinte años así, hasta que un buen día mi router dejó de funcionar. Fue ayer. Sin previo aviso, simplemente su señal desapareció para no volver. Lo recuerdo perfectamente porque fue ayer: estaba viendo un vídeo de gatitos en Youtube y de repente el vídeo se paró y no cargaba más. Intenté actualizar la página, pero esto lo hizo todavía peor; ya no veía una imagen congelada de un gatito sino un mensaje de error. Bajé la vista a la esquina inferior derecha y pude observar que había perdido la conexión. Reinicié el Router varias veces pero nada. Me conecté por cable al mismo, pero eso tampoco solucionó el problema. Grité: “¿Por qué a miiiiiiii?”, pero eso tampoco pareció ayudar.

En plena desesperación intenté conectarme a alguna de las otras redes que poblaban mi casa, pero todas estaban protegidas por contraseña y ninguna de ellas era 1234 o Password. Las campañas mediáticas de terror estaban aparentemente funcionando y ahora todo el mundo tomaba en serio su seguridad.

Mi tarifa móvil de datos estaba sobrepasada hacía unos días, así que en esta ocasión mi Nokia 3310 tampoco me iba a ser de utilidad.

Decidí pues ir al trabajo para acabar de ver el vídeo de gatitos. Eran ya las nueve de la noche y normalmente ya debería estar acostado porque mi jornada laboral comienza a las ocho de la mañana y vivo a diez minutos del trabajo, con lo cual me debo levantar a las ocho menos cuarto, pero en aquel momento el vídeo era lo más importante.

Cargado de adrenalina como estaba, no me resultó difícil llegar al trabajo en un tiempo récord de nueve minutos y medio. Corrí todo lo rápido que pude e incluso adelanté a varias señoras mayores en mi sprint. Dos, adelanté a dos señoras mayores. Dos son varias, sí.

Una vez llegué al gran edificio de oficinas donde trabajaba por las mañanas quedé impresionado. El edificio se erguía como un coloso entre los matorrales que parecían ser el resto de construcciones. Su iluminación resplandecía en la noche imponente como qué se yo y tal y cual. Las descripciones no se me dan muy bien, en realidad era el mismo edificio de oficinas que por las mañanas, solamente que de noche era un poco diferente. Pero vamos, que tampoco era la leche. Un edificio de oficinas sin más.

Entré en el edificio todavía recuperándome de la carrera. La zona de entrada era una amplia sala redonda abierta hasta el techo del edificio que ofrecía su paso a los ascensores, dos habitáculos enormes instalados en sendas columnas de cristal que se erigían en medio de la sala y a lo largo de sus ocho plantas de altura. Tanto los ascensores como las escaleras mecánicas estaban apagados, con lo cual no tuve otro remedio que subir a pie hasta el primer piso, en donde se encontraba mi puesto de trabajo.

Mi escritorio estaba tal y como lo había dejado unas horas antes: lleno de mierda. Me senté y encendí el ordenador. Esperé unos segundos, introduje nervioso mi contraseña “Password 1234” y suspiré al escuchar la musiquita de inicio de Windows.

Instintivamente miré el icono de la conexión a internet. Me froté los ojos y volví a mirar. Pasé el ratón por encima del icono y apareció el mensaje “no hay conexión a internet”. No lo quería creer. Desesperado como estaba por ver aquel video de los gatitos reinicié el ordenador, probé con el de mi compañero, volví a gritar “Nooooo” pero nada de esto ayudó. Al final resignado me recliné en el asiento e intenté relajarme.

Estaría así unos cinco minutos cuando escuché una voz:
- Hola.

Convencido de estar en un estado entre el sueño y la realidad ignoré el saludo.
- Hola – repitió lentamente la dulce voz de mujer.

Abrí los ojos, giré la vista y encontré tras de mi a una señora de avanzada edad, quizás unos cuarenta años, que me observaba a través de unas bonitas gafas de culo de vaso.
- Hola, señora – le contesté – ¿Qué hace usted aquí?

- Me has adelantado corriendo por la calle hace unos minutos y me has dejado impresionada. He seguido tus pasos hasta aquí guiada por tu asqueroso olor porque quería hablar contigo – contestó.

- ¿Cómo puede ser? Me he duchado esta semana, ¡no es posible! – exclamé sorprendido.

- Quiero hacerte una propuesta que de seguro te va a interesar – dijo ella.

- Nunca nadie me había dicho que tenía un fuerte olor corporal.

- Es una propuesta irrechazable, una oportunidad única – insistió.

- Quizás debería cambiar de gel de ducha, puede ser que el olor sea del gel.

- Como seguro sabrás este año se han celebrado los Juegos Olímpicos en Brasil. Los Paraolímpicos se deben estar celebrando ahora mismo, pero esos en realidad no los sigue nadie. Además tenemos los Juegos de Invierno que son como los de verano pero con frío y nieve y están hechos para que los países del norte como Canadá o Suecia ganen alguna medalla.

- Eso es, cambiaré de gel para que no me vuelva a suceder – dije.

- ¡Pero deja ya el tema, hombre! ¿Me estabas escuchando lo que te acabo de decir?

- No

- Vuelve a leer el párrafo anterior, por favor – contestó la vieja.

- Ya está, aunque a decir verdad tampoco me has dicho nada que no supiera si quitamos lo de Brasil.

- Bien, la cosa es que yo trabajo para una asociación de deporte a nivel internacional que se dedica a fomentar la actividad en personas con sobrepeso y/o feas. Nuestra asociación está organizando unas Gordolimpiadas en Albacete, las cuales se celebrarán la semana que viene. Todavía no hemos acabado las instalaciones pero queremos cerrar el cuadro de participantes para ir comprando los billetes de autobús, y me gustaría pedirte que participases como representante de Guatemala en los cien metros.

- Guau – fue mi respuesta -. No me esperaba algo así. Ahora mismo me están pasando muchas preguntas por la cabeza, no sé. De verdad me pillas totalmente por sorpresa. ¿Cuánto pagáis?

- La participación cuesta cincuenta euros, pero no lleva incluida costes de transporte y alojamiento. Si ganas, la medalla de oro es gratis. Aunque en realidad no es de oro, es una medalla simbólica. Es una chocolatina. Pero lo importante es participar. Conoces el espíritu olímpico, ¿no?

- Y dices que es en dos semanas en Albacete…

- ¿Te apunto?

- Venga, va – dije ya convencido -. Oye, ahora que lo pienso, ¿en Albacete tienen internet?

- Pues ni idea, ¿por?

- Nada, nada, da igual.

Continuación