Aquí encontrarás el índice de la famosa serie "ser guay es guay". Si lees los dos capítulos anteriores antes esta noche, llegará a casa de tus padres un paquete con un alargador de pene pedido a tu nombre. Pasa este mensaje al menos a cero contactos o el ordenador puede que te explote en caso de que contenga una carga explosiva.
Acababa de dar el primer paso en mi carrera hacia el estrellato guay hacía tan sólo tres semanas. Todo ese tiempo me había costado recuperarme del shock inicial que me produjo el cancelar mi suscripción a El maravilloso mundo de las mariposas... bueno, y también recuperarme de la paliza propinada por Benito Camelas Pelotas, el repartidor de la revista.
- Imagine aquí el lector un efecto de sonido molón que indica la aparición de un flashback -
- Espero que cuando estés en el hospital te acuerdes de leer El maravilloso mundo de las mariposas, porque si no ya sabes lo que te espera otra vez ¡Tengo una familia de hamsters que alimentar, maldito pisapapeles! – había gritado Benito tras introducir mi cabeza entre los radios de la rueda de la bicicleta de montaña de su tío de Guadalajara. –
- Imagine aquí el lector otro efecto de sonido todavía más molón que indica el final del flashback -
Lejos de volver a suscribirme a la revista, aquel tiempo en el hospital lo había dedicado mayormente a intentar verle las braguillas a la enfermera (mujer mayor y con celulitis, pero la única que había) y a investigar sobre el posible significado de la palabra pisapapeles utilizada como insulto. Llegué a dos conclusiones:
1 – Las enfermeras mayores con celulitis no siempre usan braguitas.
2 – La palabra pisapapeles no puede ser entendida como insulto fuera del contexto “persona que únicamente vale para impedir que un conjunto apilado de hojas de papel sea desordenado a causa de una ráfaga de aire”.
Reconozco que mis conclusiones no brillan en cuanto a lógica, pero estaba demasiado concentrado en volverme guay como para caer en la trampa de pensar seriamente en algo. Trataba de simplificar mis razonamientos deductivos hasta casi el absurdo, a veces incluso más allá del mismo, y lo curioso es que me estaba empezando a gustar aquella manera de ver el mundo.
Dediqué gran cantidad de mi tiempo en el hospital a leer o, mejor dicho, ojear las nuevas revistas de moda que Jennifer (la enfermera) me había traído del quiosco de la esquina. Puede que os parezca raro que tuviera que recurrir a ella para que me trajera revistas siendo que tengo una familia que me quiere, pero el caso es que, llevado por la euforia de mi transformación, me había registrado en el hospital con el nombre de Don Guay. Al haber cambiado repentinamente de nombre nadie pudo contactar conmigo durante aquellas tres semanas.
¿Y por qué no llamaste a tu familia por teléfono, pedazo de ameba? – os preguntaréis los más respetuosos lectores -.
Pues muy fácil: en la revista Guay People había leído que "la gente guay no busca; la gente guay es buscada."
El día de mi alta médica me despedí de Jennifer con un apretón de manos y un guiño de ojo sensual tal y como había aprendido de Bertín Osborne (estandarte del guayismo donde los haya). Cuando me encontré de vuelta en las calles, indefenso, recordé aquellas palabras de Benito Camelas:
Hospital... leer... mariposas... espera... sexo duro.
No estaba seguro de que aquellas hubieran sido exactamente sus palabras, pero el significado me había quedado claro en su día: si no me volvía a suscribir a El maravilloso mundo de las mariposas, aquel tipo era capaz de propinarme otra paliza de igual calibre o incluso de similares proporciones.
1 – Las enfermeras mayores con celulitis no siempre usan braguitas.
2 – La palabra pisapapeles no puede ser entendida como insulto fuera del contexto “persona que únicamente vale para impedir que un conjunto apilado de hojas de papel sea desordenado a causa de una ráfaga de aire”.
Reconozco que mis conclusiones no brillan en cuanto a lógica, pero estaba demasiado concentrado en volverme guay como para caer en la trampa de pensar seriamente en algo. Trataba de simplificar mis razonamientos deductivos hasta casi el absurdo, a veces incluso más allá del mismo, y lo curioso es que me estaba empezando a gustar aquella manera de ver el mundo.
Dediqué gran cantidad de mi tiempo en el hospital a leer o, mejor dicho, ojear las nuevas revistas de moda que Jennifer (la enfermera) me había traído del quiosco de la esquina. Puede que os parezca raro que tuviera que recurrir a ella para que me trajera revistas siendo que tengo una familia que me quiere, pero el caso es que, llevado por la euforia de mi transformación, me había registrado en el hospital con el nombre de Don Guay. Al haber cambiado repentinamente de nombre nadie pudo contactar conmigo durante aquellas tres semanas.
¿Y por qué no llamaste a tu familia por teléfono, pedazo de ameba? – os preguntaréis los más respetuosos lectores -.
Pues muy fácil: en la revista Guay People había leído que "la gente guay no busca; la gente guay es buscada."
El día de mi alta médica me despedí de Jennifer con un apretón de manos y un guiño de ojo sensual tal y como había aprendido de Bertín Osborne (estandarte del guayismo donde los haya). Cuando me encontré de vuelta en las calles, indefenso, recordé aquellas palabras de Benito Camelas:
Hospital... leer... mariposas... espera... sexo duro.
No estaba seguro de que aquellas hubieran sido exactamente sus palabras, pero el significado me había quedado claro en su día: si no me volvía a suscribir a El maravilloso mundo de las mariposas, aquel tipo era capaz de propinarme otra paliza de igual calibre o incluso de similares proporciones.

- Una foto de un repartidor -
Saqué de mi bolsillo el plan de acción que siempre llevaba conmigo y leí:
2 – Cambiar de corte de pelo.
Miré entonces hacia el cielo e intenté pensar. Benito seguramente sabía que no me había vuelto a suscribir a la revista, entre otras cosas porque no tenía nada que repartir después de que la duquesa de Alba cancelara también su suscripción, así que me estaría buscando dispuesto a darme las del calamar. Yo había cambiado mi nombre y además debía cambiar mi look según mi plan de acción, de manera que... de manera que... ¡Mierda, de alguna manera no acababa de ver la conexión de todo aquello!.
- ¡Corte de pelo a cinco euros, oiga! ¡Al rico corte de pelo! ¡Cortamos el pelo a la abuela y al abuelo! Ofertaaaaaaaaaaaa ooooigaaaa. ¡Venga, señora, que se me acaban!
Aquel hombre me había gritado al oído al pasar al lado suyo absorto en mis pensamientos. Volví la mirada y observé a lo que mi sentido común definió como un verdadero mariposón de revista (nunca mejor dicho). Unos cuarenta años, pelo rizado de unos diez centímetros “peinado” a lo afro, gafas de sol grandes y de corte anticuado, camiseta sin mangas rasgada a la altura del pecho, pantalones vaqueros que a duras penas eran más grandes que unos calzoncillos Abanderado, medias negras de rejilla y chancletas playeras. Todo ello adornado además con un moreno de solarium de esos que asustan y un par de anillos de oro en la mano derecha, uno de ellos probablemente todavía el de la primera comunión. Aquel mariposón repartía propaganda alegremente delante de su propia peluquería esperando que algún gilipollas se decidiese a cortarse el pelo.
- ¿Cuánto dice que cuesta el corte de pelo? – pregunté.
- Nueve euros por ser tú, guapetón.
2 – Cambiar de corte de pelo.
Miré entonces hacia el cielo e intenté pensar. Benito seguramente sabía que no me había vuelto a suscribir a la revista, entre otras cosas porque no tenía nada que repartir después de que la duquesa de Alba cancelara también su suscripción, así que me estaría buscando dispuesto a darme las del calamar. Yo había cambiado mi nombre y además debía cambiar mi look según mi plan de acción, de manera que... de manera que... ¡Mierda, de alguna manera no acababa de ver la conexión de todo aquello!.
- ¡Corte de pelo a cinco euros, oiga! ¡Al rico corte de pelo! ¡Cortamos el pelo a la abuela y al abuelo! Ofertaaaaaaaaaaaa ooooigaaaa. ¡Venga, señora, que se me acaban!
Aquel hombre me había gritado al oído al pasar al lado suyo absorto en mis pensamientos. Volví la mirada y observé a lo que mi sentido común definió como un verdadero mariposón de revista (nunca mejor dicho). Unos cuarenta años, pelo rizado de unos diez centímetros “peinado” a lo afro, gafas de sol grandes y de corte anticuado, camiseta sin mangas rasgada a la altura del pecho, pantalones vaqueros que a duras penas eran más grandes que unos calzoncillos Abanderado, medias negras de rejilla y chancletas playeras. Todo ello adornado además con un moreno de solarium de esos que asustan y un par de anillos de oro en la mano derecha, uno de ellos probablemente todavía el de la primera comunión. Aquel mariposón repartía propaganda alegremente delante de su propia peluquería esperando que algún gilipollas se decidiese a cortarse el pelo.
- ¿Cuánto dice que cuesta el corte de pelo? – pregunté.
- Nueve euros por ser tú, guapetón.
- Hecho. Afila las tijeras, amigo, y prepara el tinte que aquí llega Don Guay.
Continúa felizmente (o no) aquí: Jimmy Love.