Tenía que pagarme a mí mismo las clases de ajedrez porque, según mi madre, ya era suficiente gasto tener que comprarme siempre dos pares de zapatos iguales para tener que tirar a la basura dos zapatos del pie izquierdo. Era pequeño (de edad pero no de estatura), por lo que todavía no podía trabajar como camarero en un club de alterne, quedándome entonces tan sólo la posibilidad de robar el almuerzo a algún niño en el recreo para, con el dinero que me daba mi madre a tal efecto, pagar las clases de ajedrez. Sí, eso hacía. Todo el mundo cree que los ajedrecistas son tíos tranquilos y sobre todo lentos, y efectivamente lo son en su mayoría, pero yo en concreto no, ¡qué pasa!. ¿Véis?, ya me pongo agresivo.
Lo mejor de aquellas clases extraescolares era el profesor de ajedrez. Lo recuerdo como una mezcla de superhéroe y pirata. Su brazo derecho hipermusculoso (algo así como Nadal, pero al revés) con un tatuaje de un tablero de ajedrez a tamaño real con fuego alrededor; sus ocho dientes incisivos cubiertos con sendas fundas de oro y su ojo de cristal cubierto casi todos los martes con un parche. Un espectáculo.
Tras dos clases y media con aquel profesor, el resto de los alumnos huyeron despavoridos cuando, en un ataque de ira provocado por una mosca cojonera, rompió su mesa en dos y comió la mitad izquierda de la misma, escupiendo después las grapas que se encontraban dentro del segundo cajón y atravesando con una de ellas a la mosca.
Después de aquel incidente había quedado yo como único alumno de la clase, razón por la cual el profesor (no recuerdo ya su nombre, así que le llamaré Adelino) me exigió que pagase diez veces la suma inicialmente exigida si quería que siguiese entrenándome en el arte del ajedrez.
Dicho y hecho, tan sólo tenía, además de robar el almuerzo a aquel chaval, robar el dinero del almuerzo a nueve niños, los cuales robaban después el almuerzo a los nueve niños más pringados del colegio. Al final la cadena se hiyo estable cuando los nueve niños comenzaron a traer directamente dos almuerzos cada día, uno de los cuales regalaban “voluntariamente” a su respectivo extorsionador, ofreciéndome éstos a su vez su dinero para el almuerzo al inicio de cada recreo.
Una vez resuelto el problema monetario, Adelino comenzó a entrenarme en solitario. Tenía clases los martes y jueves, dos horas cada día. La primera hora y media la utilizábamos para realizar ejercicios físicos. Dábamos vueltas a la pista de fútbol sala durante cincuenta minutos, después hacíamos flexiones y abdominales y por último entrenábamos nuestro “brazo de la muerte”, para él el derecho y para mí el izquierdo debido a mi antes mencionada zurdez. La media hora restante jugábamos al ajedrez y ensayábamos ante todo el movimiento de piezas, depositando éstas sobre el tablero con la mayor brutalidad posible intentando lograr que nuestro oponente temiera por su vida.

Un día cualquiera, tras varios meses de entrenamiento, Adelino me dijo que debía seguir su camino y ayudar a otros indefensos chavales como yo. Nunca más lo volví a ver.
Jamás he perdido una partida de ajedrez contra un adversario humano frente a mí, pero extrañamente a través de internet o contra el ordenador, siempre pierdo. Supongo que por aquel entonces Adelino no estaba puesto al día en las nuevas tecnologías.