- ¿Y si estabas segura por qué me has preguntado si era yo? – sabía que una contestación así pondría nerviosa a aquella mujer -.
- Hombre, era una pregunta retórica – me respondió la muy jodida -.
- Para ser una abuela gorda parece usted bastante cultivada.
- ¿Te refieres a culturizada?
- No se, ¿cuál es la diferencia?
- Pues... culturizada tiene algunas letras más.
- Señora, si le digo la verdad a estas horas no me encuentro como para conversaciones de este tipo - sí yo buscaba en principio una conversación inteligente, pero aquello era simplemente un intento por parte de la vieja de hacerse la interesante -.
- ¿Con “tipo de conversación” te refieres a la complexión física de la misma?.
Mientras la señora pronunciaba aquella última frase fijé mi vista en su dentadura postiza. Una colección de dientes de oro que con total seguridad costaba más que mi camiseta de Zara comprada de segunda mano. Observaba aquellas piezas con admiración cuando de repente caí en la cuenta de que sus labios no se estaban moviendo mientras hablaba.
- ¿Es usted ventrílocua?
- Eeee... ¿cómo?, ¿por qué lo dices?
- Porque no está moviendo los labios mientras habla.
- Mmmmm... sí, ¿y qué pasa? Aznar tampoco los movía y nadie le insultaba por eso. Bueno, casi nadie.
- Lo primero, ventrílocuo no es un insulto, y lo segundo: aquí hay gato encerrado. Tengo un título de investigador profesional por la universidad de Deusto y sé reconocer algo raro normalmente cuando ya es demasiado tarde.
La mujer giró la cabeza hacia atrás con cara dubitativa. Tras unos segundos volvió a su posición inicial y sacó un plátano de su bolsillo, lo abrió y comenzó a comerlo. Eso para que luego digan que la fruta no engorda, pensé.
- Mira, Extraño, te voy a decir la verdad porque me caes bien: resulta que soy Lachicadeltren - ¿que cómo sé que se escribe todo junto? Pues porque me lo dijo muy rápido -, y en realidad estoy muy buena, no te pienses que soy esta mujer. Estoy en un lugar muy cerca de aquí ocultando mi identidad porque una vez leí en la revista Bravo que las mujeres misteriosas son más atractivas que las que son lo contrario de misteriosas, es decir... esto... eee.... no misteriosas. Vamos, que las mujeres no misteriosas son menos atractivas que las sí misteriosas. Es todo un misterio, pero es así.
- Ya, todo esto me parece muy interesante, pero: ¿qué quieres de mí, Chicadeltren? – Sí, yo también lo dije muy rápido, por eso lo escribo todo junto -.
- Quiero darte algo que va a cambiar tu vida.
- ¿Cómo? – mi cara de sorpresa fue parecida a la que puse al ver a Isabel Gemio en mi habitación -.
- Tu vida es tu blog y lo que te voy a dar cambiará tu blog, con lo cual se puede decir que cambiará tu vida.
- Oye, a todo esto... ¿tú tienes novio?, ¿seguro que la mujer gorda no eres tú?. Contesta primero a la segunda pregunta. (Frase en honor a mi buen amigo Groucho Marx).
- Espera a que la mujer gorda que no soy yo acabe de comerse el plátano y, cuando vengan los operarios de la estación para retirarla con los carros de la compra, coge la cáscara. Ahí encontrarás mi contribución a tu vida. – contestó ella ignorando mis dos preguntas anteriores -.
En aquel mismo momento se encendió la farola que se encontraba justo sobre mi cabeza iluminándome levemente sobre un fondo oscuro, dando así al momento un halo espiritual que hace la historia todavía más impresionante.

- No, no es ninguna broma barata – respondió la Chica del tren -.
- Pero si no he dicho nada – contesté -.
- Ya, pero se veía en tu cara que te estabas preguntando si robarle el coche a un amigo tuyo para atracar un banco puede considerarse como una broma barata.
- Te confundes, eso no es lo que me estaba preguntando.
- Y entonces, ¿qué te estabas preguntando?.
Miré a mis alrededores intentando descubrir sin éxito de dónde provenía exactamente aquella voz y, cuando al final volví la vista de nuevo, la mujer vieja y gorda con la gorra de I love NYC ya no estaba allí. Me acerqué dubitativo al lugar de donde acababa de desaparecer aquella señora como por arte de magia, pero lo único que pude encontrar fue la cáscara de plátano. La recogí lentamente del suelo y, tras inspeccionarla brevemente, descubrí envuelto en papel de aluminio un precioso dibujo evidentemente diseñado para convertirse en cabecera de la versión 3.1 de mi blog (versiones anteriores pueden no haber existido nunca, que quede claro). Guardé el papel en mi bolsillo, me di la vuelta y comencé a caminar en dirección a mi casa pensando en cuántos tatuajes tiene en total Angelina Jolie.
Epílogo: En un mundo en el que difícilmente la gente hace cosas de manera altruista, cosas como la historia de la castañera, la de aquella mujer que se ofrecía para experimentos de lo más variopinto (todavía está pendiente lo del cruce, que lo sepas) o ésta que nos ocupa le tocan a uno el corazoncillo. Corazoncillo, no calzoncillo (desgraciadamente).