martes, 19 de mayo de 2009

El significado del tiempo


A continuación os dejo un texto que no he escrito yo, aunque bien podría haberlo hecho:

Para comprender el significado de un año,
pregunta a un estudiante que tendrá que repetir un curso.

Para comprender el significado de un mes,
pregunta a una madre que ha dado a luz prematuramente.

Para entender el significado de una semana,
pregunta al editor de un periódico semanal.

Para entender el significado de un día,
pregunta a una persona que nació un 29 de febrero.

Para entender el significado de una hora,
pregunta a dos amantes que están esperando para reencontrarse.

Para entender el significado de un minuto,
pregunta a una persona que ha perdido el tren.

Para entender el significado de un segundo,
pregunta a alguien que acaba de evitar un accidente.

Para entender el significado de un milisegundo,
pregunta a alguien que ganó una medalla de plata en las Olimpiadas.


Aprecia cada momento que tienes, trátalo como un tesoro y utilízalo para aquello que merezca la pena; recuerda que el tiempo no espera.

“Yesterday is history.
Tomorrow is mystery.
Today is a gift.
That's why it's called the present.”

lunes, 11 de mayo de 2009

Mal de Debarquement

Todo empezó un hermoso día de verano en las costas de mi Zaragoza natal. Planeaba junto con mi hermano y tres amigos suyos (los míos ya estaban todos en la cárcel) embarcarnos en una travesía que nos llevaría nada más y nada menos que a Indonesia, tierra (o mar, mejor dicho) de piratas y chinos bronceados. Habíamos construido nuestra embarcación utilizando troncos, cuerdas de zapatillas de deporte, una sábana usada y varias ruedas de camión, en lo que había resultado ser un prodigio de la ingeniería que más adelante reconocería públicamente el panadero del barrio al entregarme el premio al mejor diseño del año.

Guardábamos tan en secreto nuestros planes que no podíamos hablar directamente de ellos ni cuando estábamos solos mi hermano y yo. La comunicación al respecto sucedía mediante el intercambio de mensajes escritos, los cuales depositábamos en el huequecito de un árbol del parque de al lado de casa. Para avisar de que había un nuevo mensaje en el huequecito teníamos una señal secreta que consistía en estornudar cuatro veces seguidas y no dar las gracias si alguien decía “salud”. Cuando mi madre me llevó por tercera vez al médico para comprobar que no estaba resfriado cambiamos la señal por cuatro guiños de ojo consecutivos. Cuando mi madre le puso gafas a mi hermano por culpa de la señal, decidimos dejar los mensajes y simplemente hablar entre nosotros en voz baja.

El primer martes de julio, con una semana de retraso por culpa de la alergia de Juanito, nos encontramos todos en la ribera del Ebro. Arrojamos a un lado las hojas y ramas que cubrían la balsa y fijamos el mástil a la embarcación mediante un chicle kilométrico de Boomer. Las dos horas mascando chicle dieron sus frutos y el mástil quedó erecto cual po.... ejem, poste. Juanito y los demás habían decidido tiempo atrás no acompañarnos, así que subimos mi hermano y yo a la barca y, con lágrimas en los ojos, nos dejamos llevar por la fuerte corriente del río.

Cinco horas más tarde habíamos recorrido únicamente unos quinientos metros. Atrás todavía se podía observar cómo Juanito y los demás, ajenos a nuestra situación, jugaban a apedrear patos. Mientras tanto nosotros luchábamos por buscar un camino entre aquel mar de piedras en que habíamos quedado presos. Mi hermano, convencido de que bajarse de la embarcación en medio de un río sería peligroso (aunque el río estuviera más seco que un mazapán caducado) se había empeñado en ayudarse de palos hasta llegar a la orilla.



Estábamos ya bastante cerca de la orilla cuando sentí un repentino mareo. Los movimientos de vaivén producidos tanto por la escasa agua como por los empujones de mi hermano comenzaron a sentarme mal. Me senté en la embarcación y me abracé al mástil con todas mis fuerzas, consciente de que un mareo en esa situación podría ser fatal (mi hermano se habría reído de mí). Esperé paciente a que llegásemos a la orilla y entonces me reincorporé para pisar suelo firme.

Apoyé mis pies uno tras otro en la tierra y, sorprendido, perdí el equilibrio y caí al suelo. Tumbado hacia arriba vi moverse las nubes a su antojo en una especie de baile improvisado de desconocida melodía. Alcé el tronco lentamente ayudándome con los brazos pero una vez sentado la cosa, lejos de mejorar, empeoró. Todo a mi alrededor comenzó a moverse cada vez más violentamente como si el mundo se hubiese fundido formando un viscoso fluido de indefinidas dimensiones. El suelo a nuestros pies había dejado de ser estable, convirtiéndose en una especie de prolongación del río en el que habíamos permanecido las horas anteriores. Confundido, miré a mi hermano en busca de explicaciones que no pude encontrar: en aquel preciso instante él corría sin problemas hacia nuestros amigos agitando las manos a la vez que gritaba sus nombres.

- ¡Hermano! – Le llamé preocupado -.

Mi hermano, alarmado por el tono de mi voz, paró en seco y se volvió hacia mí.

- Hermano, ¿qué pasa?.

- Hermano, ayúdame, no puedo levantarme. Todo me da vueltas como en el tren de la bruja, solo que los vagones son barcas y la bruja eres tú.

- ¿Sí? Pues te va a ayudar el vendedor de entradas, majo.

- Perdona, ayúdame por favor que va en serio. Estoy mareadísimo, hermano.

Unas semanas después todo seguía igual y comencé a preocuparme de verdad. No podía practicar ningún deporte, no veía la tele, no jugaba al ordenador, me costaba dormir por las noches... joder, ¡hasta masturbarme era un suplicio!. Me pregunté qué pasaría si aquella enfermedad nunca se curase.

Comenzamos a visitar a médicos, psicólocos, brujas e incluso trapecistas por aquello de que controlan el equilibrio, pero nada. Probé a marearme para ver si eso anulaba los efectos de mi enfermedad, pero lo único que hizo fue potenciarla. Intenté pensar en el lado positivo de mi estado pero la única ventaja que encontré fue que hasta el suelo más duro me parecía una cómoda cama de agua, lo cual evidentemente no contrarrestaba todas las desventajas. Pasaban los días y cada vez me desesperaba más.

Al cabo de un año había perdido toda esperanza. La idea del suicidio comenzaba a rondar mi cabeza, pero estaba bastante seguro de que ni siquiera sería capaz de lograrlo por mí mismo. Mi madre, también desesperada, viajó a Estados Unidos a visitar a uno de los mayores especialistas del mundo en transtornos del equilibrio, pero desgraciadamente se le olvidó llevarme. Lo único que pudo obtener describiendo mi estado fue una factura de varios miles de dólares.

Cuando ya habían pasado tres años del comienzo de mi enfermedad había conseguido superar muchas de las barreras iniciales. Seguía sintiendo como si me encontrase en una pequeña barca surcando el océano, pero conseguía ignorar esa sensación en momentos puntuales de manera que, dentro de mis limitaciones, podía llevar una vida medianamente normal. No podía hacer deporte, no podía utilizar el ordenador más de una hora seguida y no podía permanecer mucho tiempo en pie, pero al menos conseguía valerme por mí mismo.

El primer martes de julio, precisamente cuatro años después de que comenzase mi enfermedad, me levanté de la cama con una extraña sensación. Apoyé mis pies en el suelo y lo sentí duro, estable, firme. Me incorporé con cuidado, apoyándome como siempre en la barra de acero que mi hermano había fijado a la pared junto a mi cama, pero sentí algo extraño. Por primera vez desde que comenzase mi enfermedad no dudé un solo segundo al soltarme y caminar hacia el baño. Miré con asombro a mi alrededor, descubriendo un mundo que se me había negado durante tanto tiempo que ya lo había olvidado. De repente todo se había parado. Sentí lo que debe sentir un soldado cuando acaba una batalla, una calma infinita enormemente amplificada por la acción anterior. Cerré los ojos y recé porque el mundo no volviera a ponerse en movimiento.

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Esta historia está basada en la enfermedad real “Mal de Debarquement”, que viene del francés y tiene una traducción tan simple que me la ahorro. Una de las definiciones que he encontrado es la siguiente:

El Mal de Debarquement o "MDDs" es una forma de vértigo y desequilibrio que ocurre habitualmente luego de un viaje en barco. La mayoría de la personas afectadas son mujeres entre los 40 y 50 años que realizaron una travesía de al menos 7 días. Luego de finalizada la misma, en el "desembarco" (debarquement), desarrollan una sensación de oscilación del cuerpo, como si estuviesen aún embarcados. Esta sensación de oscilación del cuerpo puede persistir por meses o inclusive años. Generalmente las personas afectadas padecen este problema por al menos 1 mes. En nuestro amplio estudio sobre la duración de los síntomas, encontramos una media de tiempo de 3,5 años. (Hain et al, 1999).

Para más información os dejo un par de links. Los más interesantes son los dos primeros.

1 - Mal de Debarquement (español)
2 - Woman´s four years of seasickness (caso real)
3 - Wikipedia: Mal de Debarquement (inglés)
4 - Mdds syndrom (inglés)

jueves, 7 de mayo de 2009

Un año de Vivencias Varias

¡Estamos de enhorabuena, compañeros!

Tal día como hoy hace un año, y ayudado por uno de los grandes gurús interneteros de la actualidad, creaba mi blog en lo que sería un intento de llegar rápidamente al estrellato para tirarme a Pamela Anderson antes de que dejase de estar buena.


Hoy, un año después y tras casi 31500 visitas, 41382 páginas vistas, 60 entradas, una portada en menéame, dos en enchílame, un quinto puesto en los premios 20blogs, un premio al Blog del Día, un premio Yenodeblogs y varios coleguipremios de otros bloggers, puedo afirmar no haber llegado a ser famoso ni haberme tirado a Pamela. Sin embargo, lo que sí he conseguido es aprender cómo funciona este tinglado del internés, conocer a un montón de gente interesante, amistosa y posiblemente atractiva sexualmente (lo que no se es si más o menos que Pamela), e incluso mejorar tanto mis dotes narrativas como mi capacidad de estructuración.

Por todo ello el balance que hago es muy positivo, y me gustaría hacer dos cosas para celebrarlo.

Primero: quiero elegir el mejor post del año. Yo tengo bastante claro cuál es mi preferido, pero me encantaría saber cuál es el vuestro. Os dejo unos cuantos candidados con sus respectivos links y a la derecha encontraréis la encuesta para dar vuestro voto. Lógicamente podéis también proponer vuestro preferido en los comentarios y de buen gusto lo añadiré a los candidatos. Los candidatos son:

  1. Entrevista a John McCain. Link
  2. Big Fish: la modificación de los recuerdos. Link
  3. Todos los chinos no son iguales. Link
  4. Comprobando los seis grados de separación. Link
  5. Voces en mi armario (trilogía). Link
  6. Ser guay es guay (serie). Link

Segundo: os voy a hacer un pequeño regalo. Al igual que hace un año con la entrevista a John McCain, voy a sortear un post. Lo único que tenéis que hacer para participar es dejar un comentario en el que propongáis un tema, pregunta o vivencia cualquiera. Yo elegiré al ganador mediante sorteo y escribiré el post correspondiente. Mucha suerte a todos.

Aprovecho la ocasión para daros las gracias a todos los que habéis pasado por aquí en algún momento y por supuesto en especial a los que, con vuestros comentarios, me habéis animado a seguir escribiendo cada semana.

sábado, 2 de mayo de 2009

Microrrelato: Historia del joven que iba paseando por la calle y se resbaló con una cáscara de plátano

- ¡Aaaaaaaouch! ¡Mierda!

Versión resumida:
- ¡Aouch!

Versión extendida:
- ¡Aaaaaaaouch! ¡Mierda! ¡Como enganche al que ha tirado la cáscara al suelo le corto los huevos!

martes, 28 de abril de 2009

Las Torres de Hanói

Según la Wikipedia, Las Torres de Hanói es un rompecabezas o juego matemático inventado en 1883 por el matemático francés Éduard Lucas, el cual también se dedicó a otras cosas mucho menos interesantes como estudiar la serie de Fibonacci (famosa como ninguna pero de utilidad más bien dudosa) o crear un test de primalidad, que supongo que servirá para saber cuán primate es una persona según cómo conteste a unas serie de preguntas.

Cuenta la leyenda que Éduard, una vez convertido en prestigioso profesor de matemáticas de la universidad de París y un tanto bajo de moral por seguir siendo virgen a los cuarenta y un años, comenzó a cortejar a una compañera del departamento, una tal Anne-Marie Gonnord, que estaba bastante buena según mis investigaciones. Sin embargo, Éduard pronto descubrió que su amor estaba liada con otro de los profesores de matemáticas del centro: Pierre Deschamps, un hombre bastante apuesto pero que olía mal a partir del día quince de cada mes. Éduard, frustrado por la situación, decidió intentar humillar matemáticamente a su adversario para así conquistar el corazón de Anne-Marie.

Tras varios duelos de multiplicaciones de números de cuatro dígitos durante los descansos entre clase y clase, y al ver que no había vencedor claro, los dos profesores decidieron quedar un día a la salida de clase para batirse en un complejo duelo matemático real, naturalmente hasta que solamente uno quedase entero. El perdedor no podría acercarse a Anne-Marie en los próximos 2+7/5*21^7 años, que son más de 2.500 millones de años (casi media eternidad según los estudios más recientes).

Éduard, a sabiendas de que Pierre tenía todos los libros clásicos de acertijos matemáticos, comprendió que su única oportunidad de no morir virgen era idear un nuevo juego matemático que pillase por sorpresa a su adversario. Por esa razón ideó las Torres de Hanói, con las que finalmente saldría victorioso de su duelo.

Tras su derrota, Pierre se puso a trabajar en el Zara calculando precios y nunca se volvió a saber de él. Anne-Marie se lió a las dos semanas con el profesor de educación física del instituto de al lado y Éduard murió virgen pero al menos pasó a la historia con su jueguecito.

------ Las Torres de Hanói ------

El juego se puede comprar fabricado en madera y con piezas coloreadas, pero aquí voy a explicar la versión de bar, para librarte del amigo pesado que siempre se las da de listo.

Necesitas: tres posavasos, una servilleta y un bolígrafo.

Coloca los tres posavasos (A, B y C) uno al lado del otro. Corta ahora la servilleta en seis trozos y escribe en cada uno un número, del uno al seis. Ordena los trozos con los números de menor a mayor: el uno arriba del todo y el seis abajo. Por último, deja los trozos encima del posavasos de la izquierda. Esa es toda la preparación.

- Esta sería la situación inicial -

El objetivo del juego es pasar los seis papelitos, ordenados igualmente de menor a mayor, al posavasos de la derecha. Para ello hay que seguir las reglas siguientes:

1 – Solamente se puede mover un trocito de papel cada vez.

2 – Nunca se puede depositar un número encima de otro número menor que él.

3 – Solamente puedes mover el número de más arriba de cada posavasos (osea, el menor).

Según las reglas, el primer movimiento no puede ser otro que coger el papel número uno y dejarlo sobre el posavasos B o C. Lo dejaremos por ejemplo sobre el B. Nos quedaría entonces la siguiente situación:


- Situación tras el primer movimiento -

Ahora tendríamos dos posibilidades:

1-Mover el papel número uno al posavasos C.

2-Mover el papel número dos al posavasos C. Obsérvese que el papel número dos no podría llevarse al posavasos B por estar ahí el papel número uno, el cual es menor que dos.

El juego parece fácil pero no lo es, así que solamente tenéis que apostaros una cerveza a que vuestro amigo no lo resuelve en menos de... veinte minutos, por ejemplo, y ya está neutralizado. Cuando lo haya resuelto la primera vez él solo, por supuesto le pedís que lo vuelva a hacer con vosotros delante. Que os divirtáis.